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Una persona en una ocasión me dijo que para él, mi amor era como una alberca de pelotas. Que él se sentía como un niño confundido que no logra entender qué son las pelotas, ni porqué hay tantas a su alrededor. Quizá no pudo comprender que las pelotas estaban ahí para que las disfrutara, quizá una parte de él sentía que no merecía tantas pelotas. Quizá alguien quiso protegerlo, y lo convenció de que eran peligrosas. O tal vez creyó que quería pelotas y descubrió que en realidad quería otra cosa, algo más sencillo. Igual y no sabía como cuidarlas, igual y no quería cuidarlas. No lo sé, y solamente él podrá encontrar esa respuesta, si así lo desea.

Hoy recuerdo esta metáfora y me hace pensar que quizá así me siento yo en este momento con la libertad. Mi libertad es una alberca de pelotas, y en lugar de disfrutarla, me estoy ahogando en ella. No se qué hacer con estas pelotas. A veces me parecen divertidas, a veces me asustan. A veces sus colores brillantes me alegran el día, pero otras veces me siento saturada entre tanto color. Ser libre puede ser confortante, pero también aterrador. Implica una gran responsabilidad y hay días en los que no me siento lista o preparada para asumirla. Siempre he vivido bajo la sombra de la perfección. Queriendo hacer todo bien, protegiéndome del dolor con esta máscara que esconde una realidad que a veces me atormenta: no lo sé todo.

Entre más trabajo en descubrir quién soy, más perdida me siento en esta alberca de libertad. Posibilidades infinitas, preguntas incorrectas, respuestas ambiguas y mucho dolor. Sin embargo, si hay algo de lo que estoy segura es que, a pesar que hay días en los que quisiera dejar de sentir, el simple hecho de pasar por todas estas emociones me recuerda que estoy viva. Porque si me aterra la posibilidad de perder algo es porque existe en mí la capacidad de amarlo lo suficiente como para sentir que no quiero vivir sin ello. No es que no pueda, porque sí puedo… simplemente no quiero.

Siempre que pienso en el amor inmediatamente trae consigo a la fiesta que se celebra en mi interior a sus hermanos: la libertad, la compasión y el coraje. A veces me molesta que estén ahí, hay días en los que estorban. Son los espejos que me muestran las partes del amor que más me asustan. Amar libremente puede ser duro. Aceptar que el amor es una decisión me aterra en momentos como este. La vulnerabilidad que implicó mirar hacia adentro y recibir a estos invitados se tradujo en tocar temas dolorosos e incómodos, y por consecuente me puso en una posición de desventaja. Ese es el problema de la vulnerabilidad: es necesaria, pero muy incómoda. Haber tenido el coraje de abrirme libremente de esa manera y acudir a la compasión en lugar de a la rabia para después recibir a cambio una puñalada por la espalda me ha hecho querer tirarlo todo por la borda. No soy perfecta.

Existe una lucha interna entre mi instinto de supervivencia y mi apertura al amor y las nuevas oportunidades. Una romántica empedernida como yo quiere recurrir a su “perra” interior y siempre termina siendo vencida por la ingenuidad y el deseo de arriesgarlo todo. Cuando creo que he aprendido a medir mis riesgos la vida se encarga de recordarme que existe maldad en la gente, que no porque yo no haría algo significa que alguien más no me lo haría a mí. Quizá ese sea uno de mis mayores defectos, y mi más grande virtud. Esa fuerza que no sé de dónde proviene, que me impulsa a seguir soñando, a seguir intentando.

Así que hoy me echo un chapuzón en esta alberca de pelotas. Llena de libertad. Sin mentiras, sin engaños. Y veo hacia adelante, con un corazón herido, pero en recuperación. No voy a decir que no tengo miedo, porque estaría mintiendo. Al final del día, las fobias se vencen un día a la vez. Habrán días buenos y días malos (como hoy), pero en los momentos difíciles gozaré de la bendición que es para mí no perder mi capacidad de amar a pesar de la adversidad. Estoy convencida de que lo que yo tengo que dar es maravilloso. No tiene que ser perfecto, pero siempre será honesto.


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2 thoughts on “La alberca de pelotas

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