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Siempre he sido muy miedosa. Desde chica he odiado con todo mi ser las historias de terror. Hay gente que disfruta la adrenalina de asustarse. Yo no soy una de ellas. Recuerdo que siempre existía algo en específico que me quitaba el sueño por las noches. Por muchos años fue Chucky. Ese maldito muñeco diabólico me acosaba en mis pesadillas y era la cosa a la que más miedo le tenía. Recuerdo noches en que me despertaba congelada de miedo y corría al cuarto de mis papás empapada en llanto. Para mí, Chucky era una amenaza inminente, y aunque racionalmente sabía que era imposible que un muñeco cobrara vida y me asesinara en la noche, una parte de mí sentía que la amenaza era más real que un ratero o un asaltante.

chucky logic

Siempre he sido una persona muy sensible y de niña, eso me convertía en un target perfecto para el bullying. No hablo de un bullying agresivo ni traumatizante, pero a la gente le parecía entretenido molestarme porque yo lloraba fácilmente. Durante muchos años sufrí de aracnofobia. El simple hecho de pensar en una araña me podía poner como una loca a correr en círculos, llorando y gritando. La ansiedad se apoderaba de mí, sentía picazón en todo el cuerpo, y perdía completamente el control. Era horrible, pero lo peor de todo, es que todo mundo lo sabía… así que era la broma preferida de todos. Yo lloraba desconsoladamente y todos se reían de mí.

Como una clase de mecanismo de defensa, con el tiempo decidí que la mejor manera de protegerme era pretendiendo que no tenía miedo. Disfrazaba el miedo de enojo y cuando me querían asustar, hacer llorar o lastimar, mi reacción siempre era muy agresiva. Desafortunadamente, esta no era una táctica efectiva. Me convertía en un toro encabronado, y entre más me enojaba, más poder sobre mí les daba. Olé, olé. Me era casi imposible controlar mis emociones y eso me hacía sumamente vulnerable.

Conforme fui creciendo, mis miedos se tornaron más a lo diabólico y satánico, y puedo decir con toda confianza que la culpa es del El Exorcista. He de haber tenido unos 12 años cuando vi esa película, a escondidas de mis papás, en casa de mi mejor amiga de la infancia, Ale. Muerta de terror recuerdo que me tapaba los ojos y los oídos, y lo único que quería era que la película terminara. A veces me parece estúpido que hagamos esas cosas. Creo que en el fondo, más que curiosidad, era la presión por encajar la que me hacía ver ese tipo de películas.

Así bien, cuando llegó la adolescencia, me dediqué a pretender que no era miedosa ni enojona, y con el fin de protegerme de los buitres que se alimentaban de mi vulnerabilidad, decidí hacerme la muy macha y ver todas las películas de miedo a las que me invitaban. Estúpidamente me sentaba en el cine a llenar mi pobre cerebro de imágenes grotescas que me perseguirían durante años por las noches. Hasta que un día dije: hasta aquí.

Después de unos años de detox dejé de soñar pesadillas con demonios, fantasmas grotescos, muñecos diabólicos y cosas de ese tipo. Comencé a tener miedos más humanos. Como el miedo al rechazo, a la traición, o al fracaso. Temía la muerte de mis seres queridos, o que alguien que amara perdiera la salud. Mis pesadillas comenzaron a ser de esta naturaleza.

Unos años después comencé a tener pesadillas apocalípticas y de persecuciones. En más de una ocasión soñé que me perseguía un dinosaurio. Por años quise comprender qué significaba. Mi mamá dice que cuando sueñas con persecuciones, por lo general significa que tu subconsciente te está intentando advertir sobre algo o alguien en tu vida que representa una amenaza… ahora que lo reflexiono, tiene mucho sentido.

novio abusivo

La parte positiva de las pesadillas es que terminan cuando despiertas. La sensación es horrible en un principio, pero después se siente un gran alivio al saber que no fue más que un sueño. El problema es cuando comienzas a encontrarte con otro tipo de criaturas. Monstruos que habitan dentro de ti y que no solamente te acechan mientras duermes, sino que al despertar sigues sintiendo el peso de su presencia. De todos los monstruos que he conocido, el peor de todos es el que vivió en mi ático.

Creo que la primera vez que supe de su existencia tenía alrededor de 16 años. Siempre me ha parecido extraño que en las películas de miedo, cuando hay un ruido extraño, las personas se acercan a ver qué es. La reacción natural me parece esconderse, cerrar los ojos y evitar a toda costa confrontar la posible amenaza. A veces es mejor no saber qué hay allí afuera. Al menos, así fue para mí el primer encuentro con el monstruo del ático. Instintivamente podía sentir su presencia pero mi reacción inmediata fue la parálisis. Entre menos sepa, mejor.

Desafortunadamente, entre más ignoré a esta terrible criatura, ella se sintió con mayor libertad. Poco a poco fue haciendo de mi ático su hogar. Podía escuchar sus pasos, y me daba cuenta que arrastraba los muebles y hacía sus propios acomodos. Sabía que estaba preparándose para quedarse. El miedo a confrontarlo fue creciendo tanto que eventualmente me acostumbré a vivir con él. Era un inquilino que no pagaba renta, consumía todo lo que podía e incluso comenzaba a invadir otros espacios fuera del ático. Yo aprendí a reconocer sus pisadas y su olor. Fui familiarizándome con sus hábitos y rutinas, y comencé a adaptar las mías de modo que no tuviéramos que vernos cara a cara jamás.

Poco a poco fue ganando más terreno. Comencé a sentirme como una intrusa en mi propia casa. Cada vez eran más los espacios que el monstruo dominaba, hasta que terminé refugiándome en una pequeña alcoba. Esta habitación se convirtió en mi hogar. Me aislé del mundo exterior, ya que para salir de mi hogar era necesario cruzar el territorio de la malvada criatura. De pronto perdí noción del tiempo. Pasaban los minutos, las horas, los días y los meses. Encerrada en aquella obscura habitación olvidé lo que era la luz del día.

Después de vivir en el terror comencé a experimentar un enorme sentimiento de odio. Despreciaba al maldito monstruo pero me odiaba aún más a mí misma por haberle permitido adueñarse de mi hogar. Me culpé a mí misma por mi miseria y sin darme cuenta de pronto me encontraba teniendo despiadadas y crueles conversaciones conmigo misma. El ataque era constante y encerrada en aquella habitación no había manera de huir de mis constantes insultos. La vergüenza se convirtió en mi nuevo mecanismo de defensa. Sin embargo, tampoco era una estrategia efectiva. Dicen que a todo se acostumbra uno, y con base en mi experiencia podría decir que en esa frase hay mucho de verdad. Eventualmente, todo dejó de importarme. El monstruo, el mundo exterior, mi culpa, mi tristeza, mi vergüenza. Dormir era lo mismo que no dormir, comer era lo mismo que no comer. Estar sola era igual que estar acompañada.

Sin darme cuenta, me convertí en una granada. Así como el Rey Midas era capaz de convertir en oro todo aquello que tocaba, yo destruía todo lo que tocaba. Sin culpas, sin remordimientos, navegaba por la vida ciega a lo que me rodeaba. Estaba tan sumergida en las cuatro paredes de mi pequeña alcoba que de pronto el mundo exterior me parecía una fantasía, un cuento de hadas en el cuál había creído cuando era pequeña e ingenua. Lastimé a muchas personas que me querían. A mi suerte, poco a poco un huracán comenzó a formarse alrededor de mi hogar. A veces quiero creer que era Dios, tomando medidas drásticas para tumbar las paredes que más que una guarida, creaban una prisión de la cuál ni siquiera quería escapar.

huracán

El huracán fue devastador. Todo se derrumbó. Aún puedo sentir el vacío cuando recuerdo los primeros instantes de calma después del caos. Me sentía completamente entumecida. No era un entumecimiento como el de la rutina de apatía en la que me encontraba inmersa. Era algo así como estar perpleja, encandilada y aturdida. Con el tiempo y con la ayuda de muchas personas amorosas pude reconstruir mi casa. Algunas cosas quedaron igual que antes, pero algunas otras fueron remodeladas por completo. Poco a poco recuperé la confianza y volví a sentirme segura en mi hogar.

El monstruo del ático sobrevivió al huracán. Hoy sé que es parte de mí. Aprendí a darle su lugar y reconocer su presencia. Con algo de miedo, me atreví a verlo a los ojos. Resulta que era mucho más pequeño de lo que imaginaba. Lo senté en mis piernas, acaricié su lomo y le expliqué que de ahora en adelante, él tendría que vivir en la alcoba pequeña. Ese sería su hogar y el resto de la casa sería para mí. La criatura comprendió mis explicaciones y por lo general procura obedecer mis indicaciones.

Hay días en los que la criatura se escapa y deambula por la casa, pero ahora, en lugar de ignorar sus pasos y su distintivo olor, voy tras de ella y le recuerdo dónde pertenece. Hay días en los que sueño con el monstruo y despierto aterrorizada. No sueño con él como realmente es, sino con la imagen que durante tantos años creé de él en mi mente. A veces me da miedo que crezca, que vuelva a apoderarse de mi hogar… pero procuro preocuparme menos y ocuparme más.

Quizá, con algo suerte, este será el final de esta historia.


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