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… y entonces, un día no muy especial recibes un mensaje extraño.

Tú no recuerdas quién es él, pero él sí recuerda quién eres tú. Los días, que antes parecían eternos, han comenzado a sentirse ligeros. No has olvidado el pasado, pero ya no te asechan los recuerdos. La tormenta ha terminado y tú estás contemplando la calma. Es muy pronto para poder recordar sin que tus ojos se llenen de lágrimas, pero ha pasado suficiente tiempo para que tu mente deje de obsesionarse con lo que pasó. Tímidamente le abres la puerta. Tienes miedo porque cada persona que se ha acercado a ti ha venido a tomar algo tuyo, a apropiarse de tus cosas para después salir corriendo sin ninguna explicación.

Esta vez te has propuesto ser cautelosa. Observas detenidamente cada movida, esperando la primera señal de peligro para sacarlo a empujones y azotarle la puerta en la cara. Sin embargo, ahí, sentada frente a él, encuentras una calma que te resulta familiar. Pero tú tienes una historia, cicatrices que no piensas revelar en este primer encuentro. Sus visitas se vuelven constantes, y entre cigarrillos, tazas de café, y largas noches viendo las estrellas, la plática los lleva a lugares inesperados. No tardas en descubrir que él también tiene una historia. Poco a poco las cicatrices comienzan a notarse.

El tiempo a su lado pasa lento, y casi sin querer notas cómo tu verdadero yo se deja ver. Te sientes libre, tuya, compartida. Crees estar lista, pero hay algo en él – lo ves intranquilo. No quieres forzarlo a hablar de cosas que notas que le duelen. Te das cuenta que él tiene aún algunas heridas abiertas. Con gran transparencia y humildad te regala una mirada honesta. No te oculta la verdad. En la belleza de su vulnerabilidad encuentras inspiración para hacer aquello que durante tanto tiempo temías: Te paras frente al espejo y examinas detenidamente tu reflejo, y es ahí cuando descubres que tú también tienes heridas sin cicatrizar. Ambos deciden tomarse el tiempo y darse el espacio necesario para sanar. Generan cierta distancia, pero encuentran momentos, días especiales, para acordarse de lo que fue y de lo que quizás nunca será.

… y entonces, una noche no muy especial, envías un mensaje extraño.

Quizá él ya no recuerda quién eres, pero tú sí recuerdas quién es él. Cierras los ojos e imaginas la despedida perfecta:

“Gracias por llamar a mi puerta. No olvides dejarla abierta al salir. Y recuerda que aquí, siempre serás bienvenido”


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