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Aquella noche, Susana perdió algo más que su teléfono. Perdió la sensación de tener el control. Al final, lo importante no era tener el control, pero la sensación de tenerlo era suficiente para que ella sintiera calma. Pero Susana decidió que valía la pena correr el riesgo, y una vez más se vio sumergida en una tormentosa incertidumbre. La cuenta se vio interrumpida y sin siquiera sentirse culpable por romper aquella promesa que se había hecho tiempo atrás, Susana terminó en un bar con aquel hombre que meses atrás había descartado. 

– ¿Quieres algo de tomar?

– Sí, una cerveza por favor. 

Susana sintió en su hombro una discreta caricia. Él parecía nervioso, pero decidido. Parecía ser una persona totalmente distinta ahora que estaban frente a frente. El lenguaje corporal se traducía en una conversación que fluía naturalmente, y entre roces y miradas era evidente que el interés por que la noche no terminara era mutuo. Y fue así como una cosa llevó a la otra, y entre risas y una química inquebrantable en la atmósfera, Susana se dejó llevar. ¿Vienes?, preguntó él sin titubear. Susana soltó el celular y tomó su mano para salir juntos en búsqueda de una aventura. 

¿Quién era él? La irreverencia y el sarcasmo parecían ser una máscara tras la cual él encontraba refugio. ¿Refugio de qué?, se preguntaba Susana. Sentía curiosidad y miedo a la vez… pues ella bien sabía lo que dice el dicho: la curiosidad mató al gato. Pero ya era demasiado tarde. Estaban ahí, y él le permitía ver algunos vestigios de el hombre que habitaba detrás de la máscara. Era poco lo que él le mostraba y ella intentaba respetar su espacio. Ella sabía que cuando una persona trae puesta una armadura no es por casualidad. Conversaciones extrañas y tímidas, pero no por ello carentes de sustancia, se convirtieron en la banda sonora de aquel momento tan fugaz e inoportuno. Esta conexión tenía fecha de caducidad y aunque Susana hubiese preferido que fuera distinto, sabía que las cosas no siempre resultan como uno espera. 

El tiempo hizo lo que mejor sabe hacer, y cuando llegó el momento de la despedida, ambos intentaron robarse algunos minutos, pero la liga estaba por reventarse y no les quedó más remedio que conformarse con una despedida express. Susana se quedó con tantas palabras en la punta de la lengua, sin embargo, el reloj marcaba las 6 y el deber llamaba a la puerta. Tomó un taxi camino al trabajo acompañada de la ansiedad de quedarse con ganas de más: más plática, más intercambios de miradas, más roces y tímidas caricias. Pero sobretodo, más de aquel enigmático personaje. 

Al día siguiente él tomó su vuelo de regreso. Jamás volvieron a verse. Los años pasaron, pero Susana nunca olvidó aquel maravilloso encuentro. Cada que alguien menciona su nombre, ella recuerda que una noche lejana compartió pequeños pedazos de intimidad con aquel que está detrás del personaje. Ahora que él es famoso, todos lo llaman por su apodo, pero ella siempre lo recordará por su nombre: Eduardo. 

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